martes, 27 de septiembre de 2011

LA PUNTA DEL ICEBERG

El alcalde de la comuna de Providencia en Santiago, Christán Labbé, es un sujeto de reconocida trayectoria en los órganos de “inteligencia”, represión y tortura durante la dictadura, que ahora se encuentra al mando de un municipio importante de la capital, respaldado por su partido, la UDI.

Pues bien, este demócrata (!) resolvió cerrar el año escolar para los estudiantes de establecimientos educacionales simbólicos como el Liceo J. V. Lastarria, el Liceo Carmela Carvajal, el Liceo Nro 7. No sólo eso: envió además a las fuerzas de choque de la policía con toda la violenta parafernalia de armas, sirenas, bombas lacrimógenas para desalojar al enemigo: niños de 15, 16, 17 años que lo único que hacían era protestar y demandar mejor educación, gratuita, libre y laica, financiada por el Estado.

Después quiso hacer funcionar los liceos con la policía instalada en los accesos, pasillos y, ¿quién sabe? podría incluso haberlos instalado al interior de las aulas.

Posteriormente, en un programa de TV este alcalde insistió, justificando sus acciones en una actuación penosa y vergonzosa. Incluso señaló que el Ministro de Educación había sido informado de ello.

Profesores, estudiantes, padres, ciudadanos, todos nos escandalizamos y protestamos ante tamaño desatino, descriterio y comportamientos dictatoriales. En otros países esto suena casi a una historia inventada: en el resto del mundo no se conoce algo similar en materia de política educacional.

¿Ante qué nos encontramos? ¿Será algo nuevo? ¿La represión, la imposición autoritaria (o su equivalente político, el desvío por la tangente), el engaño y la desinformación sistemáticos son una novedad acaso? ¿Es que durante los 20 años post-dictadura vivimos en el mejor de los mundos?

Represión en todas sus formas y expresiones ha habido en la historia del país, pero su expresión más descarada y sangrienta se vivió durante los 17 años de la dictadura. Todos esperamos que con el advenimiento de la democracia (débil, “protegida”, amenazada permanentemente) las cosas habría de cambiar. No fue así. Hubo represión a las expresiones populares, las fuerzas policiales siguieron golpeando, persiguiendo, gaseando, hiriendo y matando. Se mantuvo e, incluso, se concentró más aún el poder comunicacional en unos cuantos medios (= empresarios), desinformando de manera permanente y sistemática a la población. Por falta de apoyo murieron los escasos medios de rasgos pluralistas y democráticos, incluyendo por cierto al diario La Nación, que se privatizó y cerró posteriormente.

El Estado vigilante, disciplinador y castigador está completamente vigente. Más aún ahora cuando los intereses del Estado se confunden con los intereses de los grandes capitales, con los de los grupos empresariales, con los que realmente mandan, como dice Chomsky en una notable entrevista.

No es que no tengamos que preocuparnos de seres como Labbé que intentan resucitar la dictadura en cualquiera de sus formas, en sus propios enclaves. Lo realmente preocupante, y eso es uno de los ejes de la protesta estudiantil, es un Estado que se pone al servicio de los grandes grupos económicos, dando la espalda a la gente, a sus universidades y escuelas, a sus centros de atención y hospitales, a los trabajadores, a los pobladores, a los estafados, a aquellos cuyos derechos han sido violados, a los que claman por justicia. Ese es el eje del problema. Necesitamos y reclamamos un Estado al servicio de TODOS los chilenos y no un Estado servil, arrodillado ante el poder del dinero.

Labbé es sólo una punta (pequeña) del iceberg.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

¡Están destruyendo a la Universidad de Chile!

Esta expresión apocalíptica ha sido escuchada en muchos pasillos y aulas, en reuniones y conversaciones informales, en los diferentes campus y en las oficinas centrales de la Universidad. ¡Están destruyendo a la Universidad de Chile!, exclaman mirando cómo los estudiantes en una gesta histórica están dándolo todo por la propia Universidad.

¿Es que la universidad de los estudiantes y la de los funcionarios (incluyendo a los académicos) no son lo mismo? ¿Hablamos de dos universidades diferentes? Al parecer así es porque, mientras unos salen a las calles y mantienen vivo un movimiento que según los análisis del Gobierno habría de haberse agotado hace meses, los otros siguen en sus funciones habituales (exceptuada la docencia de pregrado, claro está). Los académicos no están en el paro, sólo lo observan. Algunos están ahí, es cierto y debe ser reconocido. Pero el cuerpo académico mismo, con su propia organicidad –como la Asociación de Académicos- no se encuentra presente, no asume la voz, no tiene propuesta. Como conclusión habría que decir que mientras unos (los estudiantes) matan a la universidad, otros (los académicos) se paran a la vera del camino para contemplar cómo se consuma este asesinato.

Es preciso apreciar el sentido y valor de la afirmación que están destruyendo a la Universidad de Chile. En primer lugar, no sólo la Universidad de Chile está en juego sino que todas las universidades estatales del país. Y en relación a su destrucción hay que preguntarse si acaso ésta no había comenzado hace muchos años. De hecho, la destrucción de la universidad pública ha sido uno de los programas de la dictadura que efectivamente y con mayor éxito se han llevado a cabo, con la colaboración estrecha de los gobiernos de la Concertación y, mayor aún, con el actual gobierno de la derecha de Piñera.

Las universidades estatales iniciaron su proceso de destrucción cuando se las obligó a autofinanciarse, según la reforma de 1981. Fue entonces que el foco de las preocupaciones comenzó a dejar de ser el desarrollo del saber y la enseñanza, para concentrarse en el autofinanciamiento. Las administraciones institucionales comprendieron bien el nuevo escenario y, sin poder luchar contra el mismo, se comenzó la lógica de los estímulos: no hay buenos sueldos pero ganando un proyecto la remuneración aumenta. Vamos cobrando colegiatura a los estudiantes, aunque esto profundice más aún la brecha educacional y social del país (por cierto, son los más pobres los que pierden, para variar). Todo esto ha llevado a que la universidad pública en los hechos funcione como una privada. Y de seguir las cosas como han estado, así será. Pero no nos daremos cuenta: ya estamos en el mundo de la lógica privada cuando cada uno se preocupa de lo suyo (mi proyecto, mi publicación, mis tesistas) y deja que los destinos de la universidad sigan sus propios derroteros.

Los estudiantes no están destruyendo la Universidad de Chile. Ésta ha sido destruida paulatinamente durante 30 años, a vista y paciencia de todos. Los estudiantes están luchando por construir la universidad pública del siglo 21. Su lucha no es por esa universidad que vive en el imaginario de muchos de nosotros, con resabios de añoranza. Ellos quieren otra universidad. Pues bien, si no somos capaces de construirla con ellos, la construirán sin nosotros. Así de simple.

La universidad morirá sólo si la dejamos morir.