miércoles, 21 de septiembre de 2011

¡Están destruyendo a la Universidad de Chile!

Esta expresión apocalíptica ha sido escuchada en muchos pasillos y aulas, en reuniones y conversaciones informales, en los diferentes campus y en las oficinas centrales de la Universidad. ¡Están destruyendo a la Universidad de Chile!, exclaman mirando cómo los estudiantes en una gesta histórica están dándolo todo por la propia Universidad.

¿Es que la universidad de los estudiantes y la de los funcionarios (incluyendo a los académicos) no son lo mismo? ¿Hablamos de dos universidades diferentes? Al parecer así es porque, mientras unos salen a las calles y mantienen vivo un movimiento que según los análisis del Gobierno habría de haberse agotado hace meses, los otros siguen en sus funciones habituales (exceptuada la docencia de pregrado, claro está). Los académicos no están en el paro, sólo lo observan. Algunos están ahí, es cierto y debe ser reconocido. Pero el cuerpo académico mismo, con su propia organicidad –como la Asociación de Académicos- no se encuentra presente, no asume la voz, no tiene propuesta. Como conclusión habría que decir que mientras unos (los estudiantes) matan a la universidad, otros (los académicos) se paran a la vera del camino para contemplar cómo se consuma este asesinato.

Es preciso apreciar el sentido y valor de la afirmación que están destruyendo a la Universidad de Chile. En primer lugar, no sólo la Universidad de Chile está en juego sino que todas las universidades estatales del país. Y en relación a su destrucción hay que preguntarse si acaso ésta no había comenzado hace muchos años. De hecho, la destrucción de la universidad pública ha sido uno de los programas de la dictadura que efectivamente y con mayor éxito se han llevado a cabo, con la colaboración estrecha de los gobiernos de la Concertación y, mayor aún, con el actual gobierno de la derecha de Piñera.

Las universidades estatales iniciaron su proceso de destrucción cuando se las obligó a autofinanciarse, según la reforma de 1981. Fue entonces que el foco de las preocupaciones comenzó a dejar de ser el desarrollo del saber y la enseñanza, para concentrarse en el autofinanciamiento. Las administraciones institucionales comprendieron bien el nuevo escenario y, sin poder luchar contra el mismo, se comenzó la lógica de los estímulos: no hay buenos sueldos pero ganando un proyecto la remuneración aumenta. Vamos cobrando colegiatura a los estudiantes, aunque esto profundice más aún la brecha educacional y social del país (por cierto, son los más pobres los que pierden, para variar). Todo esto ha llevado a que la universidad pública en los hechos funcione como una privada. Y de seguir las cosas como han estado, así será. Pero no nos daremos cuenta: ya estamos en el mundo de la lógica privada cuando cada uno se preocupa de lo suyo (mi proyecto, mi publicación, mis tesistas) y deja que los destinos de la universidad sigan sus propios derroteros.

Los estudiantes no están destruyendo la Universidad de Chile. Ésta ha sido destruida paulatinamente durante 30 años, a vista y paciencia de todos. Los estudiantes están luchando por construir la universidad pública del siglo 21. Su lucha no es por esa universidad que vive en el imaginario de muchos de nosotros, con resabios de añoranza. Ellos quieren otra universidad. Pues bien, si no somos capaces de construirla con ellos, la construirán sin nosotros. Así de simple.

La universidad morirá sólo si la dejamos morir.

1 comentario:

  1. Echaba de menos tus sabias palabras, Maestro. Me alegra que vuelvas a arremeter con la claridad de siempre.
    Como integrante de esta comunidad llamada Universidad de Chile, que vive día a día esta muerte lenta no puedo si no apoyar tus palabras, apoyar a mis estudiantes y participar sin reserva mental alguna.
    "la Universidad de Chile morirá sólo si la dejamos morir."

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