miércoles, 18 de diciembre de 2019

La educación como negocio. Portarse mal cuesta plata...

Las noticias nos sorprendieron con la presentación de una madre que quería matricular a su hijo para el siguiente año escolar y se encuentra con un cobro de $ 400.000 por “anotaciones negativas”. El director del United College explica que eso está en el reglamento y argumenta: “hay algunos papás que le dan un regalo al hijo cuando se porta bien y eso, ¿también esta mal?… Hoy lamentablemente todo es un tema económico”(1), agregando "Todos en este país lucran, yo no puedo vivir en una isla..."(2).
El texto, esto es, la noticia, se presta para varias lecturas. Las posibles líneas de argumentación parecen ser
(a) una noción vaga de lo justo y lo injusto: “no debieran cobrar un recargo de esta índole” (3), señalan algunos padres y madres, sin que en la noticia se desarrolle nada respecto la dimensión pedagógica 
(b) la de la formalidad legal: la madre señala (1) que no existe nada en el contrato educativo que lo establezca, a lo cual el director responde que sí está en el contrato desde hace varios años. En otras palabras, la madre habría pagado en silencio la multa, puesto que así está estipulado en la norma pero no quiere hacerlo porque no está en el contrato
(c) la de la industria: el director del establecimiento señala (1) “hoy todo es un tema económico … todos en este país lucran, yo no puedo vivir en una isla”
(d) la de la política: el superintendente de educación, Cristián O’Ryan, señala dos puntos claves. Primero, que no se pueden asociar multas en dinero a medidas disciplinarias, sino que medidas formativas y pedagógicas; segundo, que este cobro podría convertirse en una medida discriminatoria, especialmente sobre quienes no puedan pagar eso y se les restrinja el derecho a la educación”
Cada una de estas argumentaciones es, claramente, sesgada y oculta la falacia que la sustenta, a la vez que olvida definitivamente el propósito de la educación y de la propia misión del establecimiento.
El primer argumento no cuestiona el carácter y sentido de las anotaciones negativas, sino que el recargo que se hace a partir de ellas; los padres no protestan por las “anotaciones” de conductas negativas, como las llama el director del colegio (1), y así podemos entender que se encuentran naturalizadas en la vida y mente de padres y madres. Está bien cobrar, como las multas del tránsito o los recargos por no pagar a tiempo las cuentas. 
En cuanto al argumento de la formalidad legal parece razonable lo que señala el director. Dice que hace años que están en eso. Preguntamos ¿por qué sólo ahora esto sale a la luz pública? ¿Será porque ahora tenemos mayor conciencia de nuestros derechos? ¿O será que finalmente nos dimos cuenta que la relación abusador-abusado es intolerable? Una norma generada unilateralmente revela una concepción mercantil en que la que quien no está de acuerdo puede ir a comprar a otro lado. Los padres son sólo consumidores, clientes, único rol que les toca en este modelo educacional. 
Lo anterior se asocia con la argumentación desde la industria: hoy todo es tema económico, pontifica a modo de principio sagrado el director del colegio. Todas las relaciones están reguladas, mediadas y significadas por la relación económica de la ganancia o lucro. Y si todos lucran, entonces encuentro justificación en que yo lucre, porque todos lo hacen. Una linda moral de conveniencia.
Finalmente, el argumento político, el más importante de todos, puesto que proviene de quienes sustentan las políticas educativas nacionales. Primero, señala que las medidas disciplinares son más importantes que las multas, por algo estamos en un colegio. Esto parece bien, apropiado, razonable. La falacia subyacente es que da por sentado que la disciplina debe asegurarse mediante ciertas medidas, pero no aclara qué significa la disciplina en un colegio y qué rol cumple ésta en la formación de los estudiantes. Segundo, que el cobro podría ser un factor discriminador porque algunos no podrían pagarlo y así se restringiría su derecho a la educación. También aquí la falacia reside en que para tener educación apropiada uno debe tener una capacidad económica suficiente. Si no hay dinero, entonces el destino es la escuela pública. Se naturalizan las diferencias y se consagra el principio de que lo público es necesariamente de mala calidad. Solamente los que no tienen recursos van a la escuela pública. Olvidó entonces el Sr. Superintendente que la educación es un derecho humano garantizado por la Constitución y que al Estado le corresponde velar porque alcance a todos en condiciones comparables de calidad (¿o me equivoqué de país?).
Si queremos que la educación y, consiguientemente, la escuela sea 
·      el espacio privilegiado donde la sociedad prepara a sus hijas e hijos para que se desarrollen en el encuentro con los otros, diferentes e iguales a la vez, 
·      donde puedan ejercer su ciudadanía,
·      donde se encuentren con el saber y se llenen de admiración,
·      donde puedan soñar y sepan que esos sueños pueden ser realidad
·      donde tengan la convicción que ellos y ellas son lo más importante de esta escuela,
·      y donde la disciplina tenga que ver más con el despliegue de oportunidad educacionales antes que su reducción a meras instancias de control (pocas veces racional),
entonces, ninguna de las respuestas señaladas es satisfactoria. Todas son parciales y responden a los intereses de cualquier grupo menos del de los estudiantes. 
La educación no es un negocio. La educación es un derecho de los ciudadanos y un deber del Estado. Y si tenemos mala educación (como mala salud, malas pensiones, etc.), es porque el Estado no ha estado haciendo su trabajo.

Referencias
(1)https://www.eldinamo.cl/educacion/2019/12/17/colegio-de-providencia-cobra-400-mil-por-anotaciones-negativas/
(2)https://www.publimetro.cl/cl/social/2019/12/17/colegio-cobro-400-mil-anotaciones-negativas-contigochv-united-college-providencia.html
-->
(3) https://www.latercera.com/nacional/noticia/superintendencia-investigara-colegio-united-college-cobro-400-mil-anotaciones-negativas-alumno/942815/

lunes, 11 de noviembre de 2019

Protestas Octubre 2019 y nueva epistéme

Son casi 4 semanas que el pueblo chileno se ha levantado diciendo ¡Basta! Como en otras ocasiones, han sido los jóvenes quienes han iniciado y mantenido el movimiento. Son niños y niñas escolares; son jóvenes universitarios; son jóvenes desempleados, marginalizados, invisibilizados. También son demasiados años, demasiados jubilados con pensiones de hambre, demasiados condenados a la enfermedad por no haber atención médica y sanitaria dignas y oportunas, demasiados engañados y estafados por las administradoras de fondos de pensiones. Demasiado dolor, demasiado.
El gobierno no ha estado a la altura de los desafíos. Ha reaccionado como cualquier régimen autoritario -dictatorial: las fuerzas policiales y armadas han reprimido las manifestaciones pacíficas. Han golpeado, detenido ilegalmente, gaseado, violado, manoseado, herido, dejado ciegos. Han matado, han desaparecido a personas.  
En este marco aparece un giro radical en la episteme del neoliberalismo, especialmente del chileno, basado en la imposición por la fuerza de las armas. Es posible que no sean giros espectaculares; tampoco son novedosos para un observador externo. Pero para los chilenos son radicales puesto que implican poner en juicio las hasta ahora “verdades evidentes” sobre las que se asentaba la práctica socio-política chilena. ¡Hemos despertado!
El sentido del giro. Desde la colonización del sentido común que supuso el modelamiento de la conciencia social a la conciencia de la manipulación sostenida a que hemos estado sometido. El neoliberalismo impuesto por la fuerza y llevado a ultranza finalmente ha dado a luz a su necesaria consecuencia: no puedes explotar y expoliar a un pueblo sin que éste en algún momento se levante. Una conciencia que se expande y pasa de ser un fenómeno individual o de pequeños grupos, a una conciencia expandida que ahora permea y da sentido a todo un pueblo.
La propuesta contenida en este giro no se orienta al mejoramiento de condiciones de vida -cuestión de por sí legítima– sino que al cambio de condiciones fundantes como la Constitución Política de la República. No se quieren más ajustes o modificaciones: se demanda una nueva carta fundante de la nación que sea construida democráticamente y no por una comisión de adláteres como fue redactada la que hoy nos rige, aprobada en un plebiscito carente de toda legitimidad.
¿Cuáles son las demandas que debe satisfacer una nueva constitución? La voz de la gente lo dice: asegurar el derecho a una vida digna y de calidad para todos los chilenos. Salud, trabajo, educación, salarios dignos, derechos laborales, protección de los más débiles, participación ciudadana -democracia participativa antes que meramente representativa. 
No se trata de igualitarismo económico. No se trata de eliminar a los ricos: sólo se trata que las diferencias entre los más ricos y los más pobres no sean tan abismales, tan impúdicamente extremas, tan violentas. Eso, por ahora.
En lo epistémico, se trata entonces de la construcción de un saber ciudadano renovado. Un saber que demanda y desafía a los saberes consagrados casi como dogmas: el saber económico del neoliberalismo, el saber político de la construcción de castas que finalmente dan la espalda a los suyos, el saber académico abstracto. Estos saberes deben dar paso a nuevos: del neoliberalismo salvaje a un régimen económico que vele por la dignidad y calidad de vida de todos y todas. De las castas políticas que se auto–reproducen, a la participación con representantes auténticos, más allá de los partidos como hoy los conocemos. Del saber académico abstracto al saber académico comprometido con su medio y su gente, el saber convivencial que reconozca en el otro a otro auténtico, más allá y por sobre las diferencias.
Este saber ciudadano se legitima por su contexto de producción, en cuanto se afinca en la conciencia popular, que lo crea y sostiene. Su validez le viene del hecho que traduce efectivamente las visiones que tienen las mayorías sociales acerca de qué es una vida digna y justa. Su prueba de fuego será la puesta en práctica. En eso estamos…

jueves, 7 de noviembre de 2019

Protestas Octubre 2019 Nuevos Espacios Formativos

Hoy por hoy, como hace años ya, los estudiantes interpelan al sistema, denuncian los abusos y reclaman el cumplimiento de las promesas que se han hecho a la población. Esta “copia del Edén” se ha revelado como no feliz, no es el oasis arrogantemente proclamado, no es la barca que zarpó abandonando América Latina rumbo al “desarrollo”: es una mentira. 
Una conciencia que recorre clases, edades, etnias, posiciones políticas, religiosas, etc., se ha revelado finalmente en forma masiva. Es la rebelión del oprimido contra el opresor. Nuestras relaciones, particularmente en el campo de la enseñanza que es el que nos interesa aquí, están permeadas de asimetría. No se trata de descalificar la asimetría como algo intrínsecamente malo o perverso. Por el contrario, la asimetría es constitutiva de las interacciones en la naturaleza, y una de las bases de la colaboración. En el campo de lo humano, sin embargo, la asimetría puede desfigurarse y convertirse en una relación de abusos en que algunos se imponen a otros sin tener argumento sustantivo para ello, excepto el de la fuerza.
El aula es un espacio relacional en que existe asimetría: se entiende que el docente tiene mayor formación que los estudiantes en aquello que se supone es experto. Sin embargo, el aula está también permeada de autoritarismo tanto como de autoridad. Y eso no depende solamente del docente como persona, sino que se instala institucionalmente desde la misma arquitectura hasta las normativas y las lógicas evaluativas. De alguna forma, la institución se manifiesta como una carrera de obstáculos que debe ser superada.
Hasta ahora hemos vivido en la convicción que esta forma es lo “normal” y lo propio de la relación docente-estudiante. Pero, las cosas han cambiado radicalmente. Los estudiantes tienen mucha mayor conciencia de su capacidad. Están empoderados y con toda certeza proyectarán su protesta también hacia el interior de la universidad. Así entonces, ¿cómo nos plantearemos cuando los estudiantes nos interpelen en el aula acerca de la protesta reciente?
Una posibilidad es mirar para el lado y asumir que no pasará nada. Pero ello no evitará que se produzcan las interpelaciones: “Profe, ¿y Ud. qué piensa de la protesta?” “Profe, ¿y fue a alguna marcha?” y otras similares.
La otra posibilidad es adelantarse a las interpelaciones y poner condiciones que dificulten entrar en el tema. Por ejemplo, argumentando que como se han perdido clases es necesario recuperar el “tiempo perdido”.  
Ambas opciones requieren ponerse a la defensiva y diseñar sistemas de respuesta que permitan mantener el control del aula en el docente. No parece sano, ni razonable, ni –menos aún– académico.
¿Qué hacer, entonces? Algunas vías de acción se presentan a continuación, relacionadas con el rol del docente, las posibilidades didácticas, el desafío al currículum. 
Primero, en cuanto adultos responsables nos corresponde poner el tema puesto que el aula es un espacio de formación. A la vez, asumir la responsabilidad que tenemos como formadores. No es lógico ni ético decir: “A mí me pagan por hacer clases de xyz, no para hacer política”. Un docente es en primer lugar un ciudadano, al que le competen los derechos y los deberes del mismo. Entre estos último el deber de educar en los valores democráticos a los estudiantes.
Para ello, una propuesta didáctica puede ser dar espacio para el debate, que permita tanto discutir la contingencia como asociarla a los saberes del módulo, el sentido de la profesión, la construcción de ciudadanía. Abrir un debate es un compromiso en que el docente debe asumir un rol: ¿moderador, conductor, participante? 
También se puede ir más allá de la contingencia, provocando al currículum e interrogarlo sobre el grado y medida en que la formación ofrecida apunta auténticamente a la formación de la profesión como una forma de ser en la ciudadanía antes que en el mercado. 
Finalmente, un nuevo espacio formativo implica la necesidad de reconfigurar nuestro ethos universitario, las formas habituales de relacionarnos en los diferentes ámbitos y referentes, en el espíritu de lo que señala Alfonso X El Sabio respecto de la universidad: "ayuntamiento ... que es fecho en algún lugar para cultivar los saberes". Búsqueda antes que transmisión. Debate antes que instrucciones. Democracia epistemológica antes que autoritarismo.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Protestas Octubre 2019 - Reconfigurando la vida universitaria

El 18 de Octubre de 2019 marca un hito en la historia nacional post-dictadura. Para algunos es el fin definitivo de la transición, que debe finalizar con el reemplazo de la Constitución espuria e ilegítima del dictador por otra que sea generada desde la nación, mediante mecanismos auténticamente democráticos. De alguna manera todas las demandas levantadas en estas últimas demandas están asociadas de forma importante al cambio de la Constitución de la República.
Toda la institucionalidad nacional se ha visto remecida, en diversos niveles y aspectos. La universidad no escapa a ello. Por eso es importante plantearse la pregunta por las implicancias que tienen los eventos recién pasados en el país sobre nuestra convivencia universitaria.
En este marco, una primera interrogante tiene que ver con si vamos a reconfigurar nuestra convivencia como académicos o simplemente haremos como que nada ha pasado y retornaremos a la “normalidad”. Parece del todo razonable pensar que la “normalidad” pre 18/10 no regresará. Las cosas han cambiado y no hay marcha atrás. Hay al menos tres niveles en que se puede plantear este punto: 
a. Como la convivencia en la relación informal, en la conversación cotidiana, en el planteamiento de ideas y la discusión de las mismas, en orden a construir acuerdos y coordinaciones de acciones.
b. La convivencia en la relación formal, por ejemplo, en las reuniones a nivel de Escuela, Departamento o Facultad, donde la expresión de opiniones debe estar sustentada en argumentos valederos y razonables (como supone la lógica del diálogo académico).
c. La forma de relacionamiento a nivel institucional, participando en aquellas instancias que sean convocadas, ya sea de manera individual o colectiva (como grupo, equipo de trabajo, etc.)
Una segunda interrogante es si vamos a reconfigurar nuestra convivencia en la relación con los estudiantes como colectivo (centro de estudiantes, curso, por ejemplo). Nuevamente, los estudiantes ponen en evidencia su fuerza como actores relevantes, tal que desconocerlos sería prácticamente un suicidio social. Entre las posibilidades podemos contar las siguientes.
a. Preguntándonos a nosotros mismos, especialmente a nivel de Escuela, acerca de cuáles son los formatos de relacionamiento que tenemos con los estudiantes en los diversos espacios, particularmente en el aula, y las posibilidades de innovación y acción que ellos permiten
b. Variando o moderando –según sea el caso– la relación asimétrica del aula, e instalando (o mejorando) instancias de conversación y adopción de acuerdos respecto de las cuestiones docentes
Un tercer punto se refiere a cómo dar sentido a nuestra participación en las diversas iniciativas institucionales. De manera particular, en lo relativo a los estatutos de la universidad, así como otras normativas.  Para ello parece necesario escuchar atenta y razonadamente las demandas de los estudiantes e instalar la conversación para ver hasta dónde pueden satisfacerse, especialmente mirando desde el compromiso de formación de calidad que tiene la universidad con la sociedad chilena y sus propios estudiantes. Escuchar sin negar ni descalificar; en efecto, las demandas no suelen ser gratuitas, siempre hay un fondo en ellas (a veces poco visible) que es preciso conocer y discernir.